12 febrero 2017

TENGO ESTRÍAS Y ME SIENTO ORGULLOSA



Las estrías son parte de mi cuerpo desde el 2014, y no fue nada fácil acostumbrarme a ellas y aceptar que no tenía otra opción más que aprender a quererlas. Tuve a mi primer hijo hace dos años y ahora estoy a un par de meses de parir al segundo. Ambos embarazos fueron similares en ciertas cosas, pero muy distintos en otras. Una de las diferencias es que durante el primero, tuve muchas preocupaciones; una de las principales era no llenarme de estrías.

Soy una mujer que se preocupa por su apariencia física y considero la base para ello una buena alimentación y la práctica del ejercicio; así que, desde que recuerdo, procuro alimentarme sanamente y ejercitarme. Antes de embarazarme por primera vez, mi vida giraba en torno a dos pilares en mi vida: mi crecimiento profesional y un estilo de vida fitness. Y sí, no me da pena admitir que uno de mis grandes objetivos era conseguir un vientre plano y marcado. Estaba muy cerca de lograrlo, y me embaracé.

Mientras mi pancita crecía para dar espacio a mi bebé, cuidé muchísimo mi piel. Utilicé todas las cremas y los aceites que me recomendaban, porque sentía un pavor enorme de que apareciera al menos una marquita pequeña con el nombre: estría. Cada vez que tenía cita con mi ginecólogo preguntaba ¿Tú crees que me salgan estrías? Y si me salen, ¿me las puedo quitar?.

Además de que, por condiciones de riesgo durante el primer trimestre, no tuve autorización para hacer ejercicio, experimenté una depresión leve luego de comenzar a ver mi vientre, mis nalgas y mis pechos estirados y rasgados. Ahí estaban las temidas estrías invadiendo mi cuerpo para quedarse en él permanentemente y alejarlo de ser perfecto. El hecho no me causó nada de gracia y tuve que lidiar con ello porque, sencillamente, no tenía otra opción; era mi cuerpo, no había manera de escapar de él, lo llevaba conmigo a todos lados.

Honestamente, fue un proceso muy complicado para mí. No me gustaba verme en el espejo, lloraba sólo de pensar que ya no podría usar un traje de baño y verme y sentirme sexy; sentía incluso que mi marido se iba a desenamorar de mí. Lidié con estas ideas locas los últimos meses de mi embarazo y durante el post parto la cosa se puso peor.

Cuando mi cuerpo se desinfló, pude ver realmente cómo luciría de ahora en adelante, y no me gustó nada el resultado. No sentía ninguna motivación ni energía para volver a salir a correr o ponerme a practicar yoga, y menos pensar en retomar mi entrenamiento para certificación de Insanity (porque soy mega fan de Shaun T, ya les he platicado). Pensaba constantemente porqué no fui de ese porcentaje de mujeres que no les sale ni una sola estría durante su embarazo, ellas tan perfectas a comparación de mí.

Dicen que el tiempo todo lo cura y en este caso no fue la excepción, pero no fue sólo cuestión de tiempo sino también de trabajarme internamente para volver a recuperarme como mujer. El amor propio es fundamental y hay que aprender a sentirnos amadas por nosotras mismas. Conforme crecía mi chamaco yo me enrolaba cada vez más en el mundo de la maternidad, me di cuenta que comencé a enfocarme en otras cosas, sin decidirlo; un enamoramiento indescriptible fue la razón principal. Obviamente sigo amando a mi hijo de ya dos años, pero ustedes me entenderán que el inicio de la maternidad (con todo y los retos propios de ser primeriza) es una etapa en la que todo lo ves románticamente, súper cursi (bueno, yo sí).

Gracias a estos factores, comprendí que sí, mi cuerpo había cambiado, pero era hermoso y perfecto así, con sus nuevas características. Con sus nuevos defectos. Aprendí a valorar cada una de mis estrías, por el significado que ahora tienen para mí: soy madre. Y lo más importante, aprendí a aceptarme como soy. Por supuesto, me sigue importando mi apariencia física, sigo alimentándome sanamente y haciendo ejercicio, pero mi principal motivación para hacerlo ha cambiado: lo hago porque amo mi cuerpo, no porque no me gusta cómo me veo.

Las cicatrices de mi embarazo ya no me dan pena, sino que me enorgullecen. Para mí, simbolizan una de las etapas más importantes de mi vida; mi segundo embarazo ha provocado más estrías, y las veo con amor, porque debajo de esa cicatriz por ahora roja porque está recién hecha, se mueve mi hijo, otro ser humano que nacerá de mí.


Mi cuerpo no tiene que ser aprobado por nadie más que por mí. Y me encanta como es. Y cuando voy a la playa, me pongo traje de baño y me vale madre si la gente se me queda viendo la panza con estrías, como si fuera delito. Creo que las mujeres, debemos dejar de avergonzarnos por esos defectitos que nos deja la maternidad y, por el contrario, portarlos con mucho orgullo. Jamás quiero elegir una prenda de vestir basada en que me tape eso que me da pena porque mi vientre ya está flácido, mis pechos están caídos o mis caderas se expandieron después de parir. Un cuerpo hermoso es aquél cuya dueña acepta tal cual es, con amor y orgullo, segura de sí misma e inmune a las críticas. ¡Que vivan las estrías!

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